domingo, 19 de febrero de 2017

¡Oprivatizapase la oreyvy!


“La vida campesina es una vida dedicada por entero a la supervivencia”
Puerca Tierra, John Berger (1979)


Una fotografía de la realidad

Este año comenzó con el adiós a la mirada más azul de la crítica, John Berger, un espíritu renacentista con corazón campesino que nos enseñó a ver la pintura y a mirar la fotografía. Con algo tan necesario como la pausa, y tomando estas artes casi como excusa, nos anunció –antes, incluso, de que Bauman también nos dejase en el desamparo y la incertidumbre de su líquida modernidad- los caminos angostos de estos tiempos, las esperanzadas contradicciones del ‘progreso histórico’. Hoy ya sabemos que la productividad ni aumenta el empleo ni disminuye la escasez, que la información y el conocimiento no amplían la democracia, y que el ocio (mercantilizado) no es sinónimo de mayor felicidad, más bien al contrario, se convierte en otro espacio de manipulación de masas, cuando no abre el camino hacia un “aburrimiento absolutamente inimaginable”.

Como ya previera Engels cuando dijo aquello de que “la máquina de vapor acabó con la carretilla”, en ‘Puerca Tierra’ Berger describe la desaparición de la vida campesina. Quizá su capacidad de supervivencia haya sorprendido a teóricos y a las propias administraciones pero quizá, apuntaba, nos encontremos ante la posibilidad, por primera vez en la historia, de que esa clase de supervivencia deje de existir. La razón, obviamente, está en el avance de la agricultura industrial, pero no solo: el desarrollo urbanizante y la profunda transformación social aparejada han traído como consecuencias la urbanalización del paisaje y la homogeneización de los modos de vida.

Es en el ensayo ‘Mirar’ donde Berger logra explicarnos de forma nítida cómo esos hábitos se hacen supuestamente deseables. De la mano de Walter Benjamin o Susan Sontag, desgrana el uso de la fotografía en el capitalismo industrial como un dispositivo de control para generar cambios sociales a partir de la profusión de imágenes que, paradójicamente, solo representan apariencias (ni qué decir tiene de lo que pensaría en el actual momento de producción, reproducción y publicación instantánea y casi exponencial). Su tesis viene a decir que la cámara atrapa acontecimientos para olvidarlos: la memoria deja de ser necesaria ante un continuo espectáculo de fotografías carentes de sentido. Pero antes, nos regala el análisis de la famosa fotografía en que August Sander retrató a tres campesinos:

Tres campesinos, August Sander, 1914.
“Hay en esta imagen tanta información como en las páginas de un maestro de la descripción de la talla de Zola. Sin embargo, yo solo quiero tomar en consideración una cosa: sus trajes (…) La estática fotografía muestra, tal vez más claramente que la vida, la razón fundamental por la que los trajes, lejos de disfrazarla, subrayan y acentúan la clase social de quienes los llevan. La foto fue realizada en 1914. Los tres jóvenes pertenecen, como mucho, a la segunda generación de campesinado europeo que utilizó este tipo de traje (…) Sus manos son demasiado grandes, sus cuerpos demasiado delgados, sus piernas demasiado cortas. Utilizan el bastón como si estuvieran conduciendo ganado. Podemos hacer el mismo experimento con sus caras (…) Lo único que les sienta bien es el sombrero (…) Sin embargo, nadie obligó a los campesinos a comprarse un traje, y los tres que se encaminan hacia el baile están claramente orgullosos del suyo. Lo llevan con una suerte de presunción. Esta es precisamente la razón por la que el traje podría convertirse en un ejemplo clásico y fácil de explicar la hegemonía de clase.”

Estando acá y observando las costumbres del interior, me he atrevido a defender que la vida campesina de Paraguay es instintiva e inconscientemente anticapitalista. No se trata de una idea elaborada, sino más bien de la intuición de que, viviendo sobre una tierra fértil, donde es fácil –desde una visión comunitaria- tener las necesidades básicas cubiertas, lo más importante después del trabajo para proveerlas es compartir lo que tengas: tu tiempo, tu conversación, un tereré... Ya veis, cosas muy sencillas, momentos y espacios de pausa que, en otros contextos y bajo ritmos productivos frenéticos, parecieran estar en extinción. Y me hace feliz ver, en cierta medida, refrendada mi impresión en el libro de un antropólogo canadiense, Kregg Hetherington, del que ya os hablé en otra entrada. Hasta ahora solo había leído algún artículo suelto, pero una amiga me ha regalado ‘Auditores campesinos’ y lo estoy devorando porque, además, en estos días el autor estará por acá para presentar la edición en castellano.

Campesinado y ciudadanía

El ensayo hace una crítica situada, que no subjetiva, de cómo la modernidad que se construyó a partir de 1989 en Paraguay con la caída de Stroessner deja fuera del proyecto nacional al campesinado. Tras casi medio siglo de dictadura, este discurso se articula en torno a tres ejes: crecimiento, transparencia y democracia. Tales ingredientes permitirían sacar al país de su secular aislamiento, garantizarían la lucha contra la corrupción y sentarían las bases de la gobernabilidad basada en los derechos humanos. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que en esta visión del desarrollo –ese ‘progreso histórico’ aparentemente ineludible…- subyace una estrategia que tiende a despolitizar los conflictos y a convertir cualquier asunto en un problema técnico y burocrático.

Michel Foucault, uno de los grandes teóricos del
conflicto social y las formas de dominación.
La palabra ‘campesino’ hace referencia en Paraguay a pequeños agricultores, con o sin tierras, fundamentalmente, de la región Oriental. Sobre ellos pesa todo un imaginario que no solo no encajaba en ese proyecto de modernidad, sino que era visto por el polo transicionista –la clase media urbana y, se podría decir que, específicamente, élites y profesionales liberales de la capital- como una amenaza, toda vez que representaba lo inescrutable de las masas. Para empezar, se les vincula a una suerte de irracionalidad económica, que es la forma eufemística de no llamarles directamente haraganes; por supuesto, es gente analfabeta, en tanto en el interior se habla guaraní, un idioma ágrafo –hasta la gramática elaborada por los Jesuitas, que dejaron su impronta colonial en él- cuyos significantes y significados difícilmente casan con una cosmovisión occidental-liberal; y, por si fuera poco, se les asocia con el pasado autoritario del país, en la medida en que su flirteo o apoyo, más o menos, explícito a líderes populistas abrirían la posibilidad de esa ‘irrupción plebeya’ –tan de moda ahora-, esa forma, al parecer aberrante, de acceder y ejercer el poder.

Es fácil deducir que crecimiento, transparencia y democracia resultan conceptos casi antagónicos a haraganería, analfabetismo y populismo. Sin embargo, el campesinado también representa la visión romántica de la nación paraguaya –ese pueblo mestizo que ha resistido desde la colonia hasta las sucesivas guerras que marcan la historia reciente del país-, de manera que servía como un aliado necesario y funcional al proyecto de transición democrática. La paradoja es que este discurso moderno, que explícitamente incorpora a la población campesina –y que esta abraza y hace suyo-, implícitamente va a desplazar la marginalidad de este grupo desde la raza, la cultura y la clase, hacia la esfera técnico-burocrática disfrazada, solo aparentemente, de política. La consecuencia, siempre siguiendo la línea argumentativa del autor del libro, es que la transición trajo consigo la creación de dos rangos de ciudadanía: la sociedad civil, un actor racional capaz de participar en las decisiones políticas, y un pueblo, al margen de las nuevas lógicas de la modernidad, que solo puede ser gobernado.

La épica pionera y el bloque histórico

En 1963 se promulga el Estatuto Agrario, el régimen jurídico que va a administrar la Reforma Agraria y crea el Instituto de Bienestar Rural (IBR). Este se encargará de repartir colonias en la fértil, y hasta entonces boscosa, región Oriental. A diferencia de otros países de Latinoamérica, la Reforma Agraria en Paraguay resultó mucho menos conflictiva: si en aquellos, grandes haciendas eran trabajadas por aparceros de familias ricas, en este se expropiaron latifundios vacíos e improductivos, cuyos dueños eran individuos o empresas inscritas en el Registro por agentes inmobiliarios internacionales a finales del siglo XIX. Así se inició lo que se conoció como ‘Marcha al Este’ (con evidentes reminiscencias en los pioneros estadounidenses del siglo XIX) que pretendía, además de ser un proyecto de construcción nacional, proteger el territorio de la anexión con la frontera agrícola brasileña. Familias enteras que habitaban pequeñas parcelas en la zona central se desplazaron hacia la frontera para ocupar las diez hectáreas que el Estatuto les asignaba –siempre que demostrasen que su dedicación habitual era la agricultura y que no poseían otras tierras-, creándose así pequeñas ciudades y nuevas economías y organizaciones de ‘base’.

Hoy en día nadie pone en duda que el desarrollo de la frontera agrícola hacia el Este, junto con la construcción de la presa de Itaipú, fueron las grandes hazañas económicas del régimen de Stroessner. Como consecuencia de esta política, el Partido Colorado se convirtió en el partido de la mayoría de campesinos, tejiendo un aparato clientelar que se fue construyendo y fortaleciendo a medida que avanzaba el paisaje reformado. Y lo que el autor del libro sostiene es que, a pesar del surgimiento de corrientes políticas contrarias al régimen en el campo –cuyo máximo exponente fueron las Ligas Agrarias, violentamente reprimidas y desmanteladas a mediados de los años 70-, “el mayor éxito de Stroessner fue la creación de un bloque histórico basado en una filosofía singular del uso de la tierra, del desarrollo y, en última instancia, del propio Estado-Nación.”

La gran aportación de Antonio Gramsci al pensamiento marxista fue el
concepto de hegemonía y la necesidad de un bloque histórico.
Stroessner supo construirlo pero, dado su visceral anticomunismo,
dudo que leyera los 'Cuadernos de la cárcel' del sardo.
La realidad es que la red clientelar del Partido Colorado no se tejió solo hacia abajo y el IBR, a la par que permitía el acceso a tierras por debajo de su precio de mercado a campesinos desposeídos, también fue otorgando grandes extensiones a militares y altos funcionarios. La mayoría de estas tierras fueron vendidas a especuladores o a migrantes brasileños, comúnmente conocidos como ‘brasiguayos’ que, en apenas dos décadas, colonizaron la mayor parte de los tres departamentos fronterizos: Canindeyú, Alto Paraná e Itapúa. Obviamente, todas estas operaciones eran fraudulentas, dado que ni unos ni otros eran sujetos de la Reforma Agraria, pero en tanto se mantuvo como dos regímenes agrarios diferentes, que operaban sobre distintos rubros y con cadenas comerciales segregadas, desde Asunción era difícil ver cómo los granos de soja iban cambiando paulatinamente la imagen y el paisaje tradicional del Paraguay rural.

La anomalía de que en este país el dictador fuese sacado del poder por un golpe de estado y que el mismo Partido Colorado siguiese gobernando dos décadas después era ampliamente atribuida por las élites capitalinas al voto campesino. A la imagen de pies descalzos, tereré y sombrero pirí, se empezó a sumar la idea, casi vista como una patología, de que el campesinado había sido engañado y corrompido durante años de dictadura, que no tenía la culpa de su atraso pero que, definitivamente, era incapaz de participar del debate democrático. El golpe al dictador coincidió, además, con la Caída del Muro y el fin de la historia, y en este contexto la corriente transicionista quedó seducida ante las bondades del libre mercado, de manera que la revolución agrícola que suponía la soja encajó como una suerte de redención económica en su discurso hacia la modernidad: para 2004, Paraguay ya se había convertido en el cuarto productor mundial de soja.

Tenencia de la tierra: kuatia

A medida que el autor del libro nos va contando su investigación y las conversaciones que mantenía con campesinos, da cuenta de una frase repetida por estos y a la que él, en principio, no le encuentra mucho sentido: ¡Oprivatizapase la oreyvy! (¡Quieren privatizar toda nuestra tierra!). Sequías, malas cosechas y atractivos precios ofrecidos por los ‘brasiguayos’ –hasta 30 veces el valor otorgado por el IBR- habían ido empujando a algunos campesinos a vender sus tierras o a plantar ellos mismos soja, iniciándose así un proceso –deforestación, agrotóxicos, policía y grupos civiles armados forzando a pequeños agricultores a vender sus tierras- que convertía en inhabitable la realidad en las comunidades para quienes insistían en quedarse. La posesión de la tierra en las colonias y asentamientos se regía por el Estatuto Agrario y, dependiendo de su posición en la narrativa pionera, los campesinos poseían sus tierras como mejoras, derecheras o títulos.

Al revocar el Estatuto Agrario los llamados latifundios ‘improductivos’, los campesinos que participaron en la colonización hacia el Este solo tenían que encontrar tierras que no estuviesen siendo utilizadas para la agricultura y tomar posesión. En los primeros años, jóvenes campesinos aplicaron desmontes, instalaron pozos, acondicionaron cultivos…, es decir, mejoraron con su trabajo la parcela que luego podía ser vendida a una segunda ola de pioneros. En estos casos, el objeto de la compra-venta eran esas mejoras, y no tanto la tierra en sí, y no existía ningún intercambio formal: era una transferencia ‘arriero porte’, el equivalente en guaraní a un ‘pacto entre caballeros’. El reconocimiento estatal a través del IBR requería un decreto de expropiación y el problema surgía cuando varios dueños reclamaban la misma parcela –consecuencia de las tierras malhabidas que generó la asignación discrecional a individuos que no eran sujetos de la Reforma Agraria-. La presencia del IBR en las colonias dio la esperanza a los campesinos de que, aunque fuera lento, el proceso de expropiación era inevitable luego de la ocupación de las tierras y el reasentamiento organizado. Los derechos adquiridos a través de esta interacción con el IBR se conocen como derecheras, aunque este es un término que hasta hace poco no aparecía en ningún documento legal. Aunque las derecheras no podían venderse –política con la que la Reforma Agraria pretendía generar el arraigo de las comunidades- en la práctica sí que se daban estas ventas, ya que para la mayoría de campesinos el papel que acompañaba a su parcela, más que reconocer la propiedad, era un reconocimiento legal al trabajo e inversiones previas: quien compraba y quien vendía entendía que se trataba de mejoras y que el documento solo añadía, al reconocerlo, más valor a la tierra. Una vez pagada su derechera el campesino podía acceder al título, una fórmula que garantizaba más ‘seguridad’ ante la posibilidad de un desalojo o, simplemente, como un símbolo de sus logros. Los títulos no podían venderse por un período de diez años, transcurridos los cuales estas tierras pasaban a regirse por el Código Civil, en lugar del Estatuto Agrario, de manera que la transferencia ya no estaba restringida y pasaba a ser una propiedad privada como otra cualquiera.


Tereré y sombrero pirí, dos imágenes del Paraguay rural.
En Ko'e Porã, una de las comunidades que más rechazo
ha mostrado a implicarse en nuestro proyecto por miedo
a la privatización de sus organizaciones de agua.
Cuando la gente del campo habla de su lote, normalmente, se refiere a él como chelote (mi lote) o cheyvy (mi tierra) pero nunca como chepropiedad (mi propiedad), y quienes sí lo hacen es porque han pasado a considerarse –y a ser considerados por la comunidad- productores (ni siquiera ya agricultores) que, bien cultivan soja o arriendan su tierra a estancieros ‘brasiguayos’: la tierra deja de ser vista como la ‘base’ de su proyecto y pasa a ser mercancía con la que aumentar su capital. Lo que defiende Hetherington es que las prácticas de conocimiento y de relación con el mundo del campesinado definen su visión de los derechos de propiedad y este aspecto, entre otros, encierra el fracaso de uno de los objetivos de la Reforma Agraria: el reconocimiento de plena ciudadanía de la población campesina a través del acceso a la tierra.

Para los campesinos, la ‘base’ no es solo su hogar, sino que constituye el principio de su subjetividad política: el derecho de propiedad es para ellos un bien material adquirido fruto de su trabajo y que les vincula como ciudadanos con el Estado. Si en la tradición jurídica liberal, la propiedad es una especie de relación abstracta corroborada por un título, desde la perspectiva campesina la propiedad está definida por la materialidad de sus acciones, es decir, por su propio trabajo. En el primer caso, el derecho –el reconocimiento en un código legal abstracto- es previo al acceso a esa propiedad; en el segundo, el derecho es el resultado material del trabajo sobre esa propiedad que, finalmente, se ve reconocido en kuatia (papeles). Es decir, según el autor, habría un choque antropológico entre el pensamiento económico campesino y la economía política institucionalizada.

Hasta la expansión de la soja, en la región Oriental nadie tuvo problemas en comprar o vender sus lotes ni el trabajo en ellos invertido. Pero el boom de las commodities a partir de los años 90 abrió la presión sobre las comunidades y el temor entre las organizaciones campesinas a que estas desaparecieran. Además, y este es uno de los ejes del libro, el nuevo lenguaje de la transparencia se convirtió en un obstáculo para los campesinos: a las tierras malhabidas surgidas por el reparto ilegal de tierras fiscales, se sumaba ahora la habilidad de los grandes estancieros para, bajo el subterfugio que brindaba el Código Civil –y sus incoherencias con el Estatuto Agrario, que permitía la prevalencia de aquel, también al interior de las colonias-, titular rápidamente y de facto propiedades, bajo el pretexto de un mero cercado, un cartel o el inicio de la plantación. Es decir, estos ‘actos de posesión’ actuales anulaban el trabajo campesino previo. Y entonces Kregg entendió lo que los campesinos llamaban ‘propiedad privada’: ndojeikekuaai (no se puede entrar). La nueva transparencia institucional se traducía en una práctica de acceso a la tierra excluyente respaldada por la policía y apoyada por civiles armados.

Las marchas campesinas tienen una presencia constante en Asunción
para reclamar, entre otras cosas, el acceso a la tierra.

Un apunte personal

Dice Roa Bastos en ‘Hijo de Hombre’ que “la separación de los intelectuales de la gente implica inevitablemente la traición a su causa.” Lo que más me está gustando de este libro es su crítica situada, una toma de postura sin ambages –aunque entendiendo y explicando sus contradicciones internas- de la voz campesina. Y el hecho de que, como dicen acá, “se me ha caído la ficha”. Y es que, pese a que llevo más de un año y medio trabajando con organizaciones comunitarias de agua en Canindeyú, solo ahora comprendo el temor a una idea de privatización que, usada por la gente del interior, yo tampoco lograba discernir. Haciendo un paralelismo con el problema de la titulación de tierras, creo que empiezo a entender las reticencias de mucha gente a regularizar la situación de sus organizaciones comunitarias de agua bajo el temor de la privatización.

Si el rasgo más llamativo de la transparencia es su obsesión por los documentos y los campesinos han tratado de entrar en esa lógica a través de su trabajo, han ido poco a poco descubriendo que sus kuatia, de repente, han perdido el valor que ellos les otorgaban y, también, el significado que tenían como vínculo de ciudadanía. Los documentos se han convertido, de hecho, en la herramienta que ese lenguaje de la transparencia institucional usa para la desposesión en uno y otro sentido.

Nota final

Este texto lo he elaborado a partir de las notas que he ido tomando de la primera mitad del libro. Si me tenéis paciencia y soy capaz de mayor síntesis de la que he demostrado aquí, tengo intención de escribir una segunda parte de esta entrada, que daría cuenta de lo que el autor denomina ‘auditorías campesinas’: dado que la transparencia es una idea universalista pero, como ha quedado demostrado, crea sujetos no autorizados a participar en ella, se hacen necesarias “un conjunto de prácticas de rescate, interpretación y creación de documentos oficiales (como cualquier auditoría) que no se adaptan a la ideología o estética ideal de la transparencia.” Es decir, una suerte de resistencia, dentro de los flujos de información gubernamental a través de los cuales su práctica es vista como una amenaza para, precisamente, confrontar distintas subjetividades políticas.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Sombras humanas: Puerto Casado S.A.


Ningún interesado podrá adquirir del Estado en cada zona del Chaco,
más de un lote por sí ni por interpósita persona.
Ley de Ventas de Tierras Públicas, 1883, República del Paraguay


1_Vista de Puerto Casado desde el río Paraguay.
El quebracho colorado es un árbol nativo de Latinoamérica, muy apreciado por su madera de alta calidad, de una dureza a prueba de hachas (se cree que de ahí deriva su nombre, ‘quiebra hachas’) e imputrescible. Durante mucho tiempo se utilizó en ebanistería y construcción, como es el caso de los rieles de ferrocarril. Y, por si fuera poco, tiene una alta concentración de taninos, una sustancia empleada en la industria del curtido. La etnia Maskoy le otorga, además, un significado ritual ya que al parecer, el fuerte sonido del crepitar de sus ramas al arder ahuyenta el alma en pena de alguien a quien mataste –sea humano o yaguareté-, evitando que te haga daño de vuelta.

2_Reloj elaborado con maderas nobles del Chaco. Koloniehaus,
Museo de la Colonia Fernheim, Filadelfia, Departamento de Boquerón.
Hasta que vine a Paraguay el nombre de Casado del Alisal lo asociaba a una de las avenidas principales de Palencia, sin saber quién era ese personaje ilustre. Ahora tengo la duda de si el callejero palentino honra –como el de Madrid- a José, el autor del cuadro ‘La rendición de Bailén’, o a su hermano Carlos, quien no se dejó ensimismar por las musas y tuvo una visión más que pragmática de la vida. Con solo veinticuatro años emigró a la Argentina, avistando las oportunidades de una tierra en la que estaba todo por hacer: ocho años después ya era dueño de un banco con su propio nombre y que luego vendería al Banco de Londres, una prueba de los especulativos negocios que se movían en la zona tras la Guerra de la Triple Alianza. Empezó a invertir en el ferrocarril de Santa Fe, que llevaría el cereal a los principales embarcaderos del río Paraná, convirtiéndose en el primer exportador de trigo a Europa. Con el ‘granero del mundo’ bajo su control, su olfato emprendedor le hizo poner los ojos en el Chaco Paraguayo, tierra rica en un recurso de creciente demanda en la industria: los taninos.

3_Mapa de Paraguay y territorio propiedad de Carlos Casado.
En 1883, a través de 28 escrituras públicas y 17 intermediarios, nuestro prohombre inicia la compra al Estado paraguayo de, nada más y nada menos que, 5.625.000 hectáreas de tierras fiscales. En 1885 tiene tituladas a su nombre el 99% de las mismas, a las que bautiza como Nueva España y en las que pretende, bajo la idea de que son tierras por conquistar, “traer el progreso al país y la regeneración a las razas indígenas”. Si no se parte de la adquisición fraudulenta de tierras y de las ‘bondades’ de la colonización –con un enfoque profundamente positivista- es imposible entender la historia de este país. Así es como, a finales del siglo XIX, surgen nuevos poblados a lo largo del río Paraguay que se van llenando de gente campesina e indígena expulsada de sus tierras por terratenientes que, aprovechando la coyuntura posbélica, se adueñaron de buena parte del país.

4_Locomotoras abandonadas en la antigua fábrica de taninos.
En Puerto Casado se instaló uno de los mayores enclaves fabriles. Y digo enclave porque hasta la década de los 70 del siglo XX no contó con estatus, ni siquiera, de municipalidad: durante casi un siglo funcionó como un sistema de acumulación capitalista –sin ningún atisbo de desarrollo social, ambiental o económico autónomo-, un per(verso)fecto engranaje entre producción, comercialización y consumo. Estaba prohibido el ejercicio de cualquier profesión liberal y la posesión de animales de cría. Sus habitantes solo tenían un destino: trabajar en la fábrica de taninos a cambio de bonos canjeables (también hay casos documentados de pago en alcohol de caña), de manera que los escasos alimentos y productos de primera necesidad se adquirían a precios elevadísimos en el único almacén propiedad de la empresa. Una dependencia absoluta, en todas las esferas de la vida de sus pobladores, a la voluntad y control del patrón.

5_Mapa del Departamento de Alto Paraguay con la delimitación distrital.
La primera medida de una presencia del Estado no llega hasta 1936, cuando se declara a Puerto Casado S.A. como puerto libre y sus habitantes pueden, solo a partir de ese momento, entrar y salir libremente. Esta década está, igualmente, marcada por las huelgas que sacudían las fábricas tanineras de todo Alto Paraguay. Desde los 70, con el declive en la demanda de taninos en el mercado mundial –es decir, sin que pueda interpretarse como una apertura del modelo extractivista-, la compañía aprovecha para disminuir la actividad y vender parte de sus tierras (entre ellas, la cesión para la creación del nuevo distrito de La Victoria como compensación a los impuestos debidos al Estado paraguayo durante todos esos años). Este es el momento en que la etnia Maskoy inicia su reclamo por el derecho sobre 30.000 Has de tierras ancestrales y, ante el temor de que cundiera el ejemplo, la estrategia de la compañía es ir desprendiéndose de sus posesiones, apenas productivas –salvo algunos emprendimientos ganaderos- desde el cierre de la planta en 1976.

Tierra y propiedad son para los indígenas de América dos asuntos antitéticos: como tal, la propiedad individual sobre la tierra no existe; la tierra es un concepto, digamos, filosófico y plural, donde lo comunitario se une a lo sagrado.
Caminos de Agua, Román Morales.

En septiembre de 2000 Puerto Casado S.A. emite dos comunicados: uno, dirigido a sus accionistas, en el que informa de la firma de la escritura de transferencia de las últimas 500.000 hectáreas de tierras, que incluyen la ex-fábrica y los galpones, las instalaciones portuarias y los bienes de uso, materiales y repuestos, así como la totalidad de la cabaña vacuna y caballar; el otro, estaba dirigido a la población y dice, textualmente, “les comunico que desde este mismo momento están a cargo del nuevo propietario”. Bajo arrendatarios de diferentes nombres se esconde la Iglesia para la Unificación del Cristianismo Universal, más conocida como secta Moon, que –surgida durante la Guerra Fría para contener al comunismo- es una máscara fanático-política vinculada a turbios negocios (armas, blanqueo de capitales, especulación financiera...) y representa hoy el mayor exponente del fenómeno de acaparación de tierras en Paraguay. Más de un siglo después de abolida la esclavitud, y como en las antiguas plantaciones, los pobladores de un territorio eran ‘vendidos’ a un nuevo patrón. Eran, sencillamente, “pueblo convertido en sombras, sombras humanas”.

6_Elementos de la muestra
'Destiempo. Dinamograma de Puerto Casado'.
La comunidad Maskoy encuentra un aliado en la población casadeña, a la que se concedió ‘un año de gracia’ para desalojar el territorio y dejar el camino libre al nuevo ‘eldorado’ en versión religiosa. Se inicia entonces un ciclo (de 2005 a 2007) de ocupaciones de la fábrica, viviendas e inmuebles de la familia Casado, y de movilizaciones, las llamadas ‘marchas por la dignidad y la soberanía nacional’ que –apoyadas por los salesianos- culminan con la creación de la cooperativa Quebracho Poty por parte de ex-trabajadores. Se aprueba una Ley de Expropiación de Tierras que no llega a ejecutarse, al ser recurrida por inconstitucionalidad, sentencia que se hizo efectiva y, por tanto, derogada la ley en 2007, con el voto a favor de un juez vinculado a uno de los testaferros de la nueva compañía. Se reconoce, eso sí, la donación de las 30.000 Has reclamadas por la etnia Maskoy pero en dos fracciones separadas y en tierras anegadizas. En 2012 se reconoce, por fin, la ocupación de hecho de Puerto Casado y de las 35.000 Has que reclamaban sus pobladores, paso previo para la titulación de dichas tierras. Solo para entender el enredo jurídico y burocrático que supone este proceso se necesitarían varias vidas, y ver cumplidas sus aspiraciones entra dentro de la utopía.

7_Cartel de la exposición 'Memoria, trama e imagen', resultado de la
residencia investigadora de un grupo de artistas y su proyecto posterior.
Nunca he visitado Puerto Casado y tampoco sé cuál es el estado de la cuestión en este momento. Pero Puerto Casado lleva muy presente en Asunción durante los últimos meses a raíz de la investigación de Valentina Bonifacio, una antropóloga italiana, y de las experiencias y muestras paralelas que ha generado. A través de la historia de Puerto Casado es posible narrar los acontecimientos más relevantes de la historia del Paraguay: la Guerra de la Triple Alianza, la apropiación del territorio, la Guerra del Chaco, los favores de la dictadura en aras del 'progreso' y para ‘civilizar’ indígenas, el viejo y los nuevos colonialismos, la transición a una democracia guaú, las luchas por la tierra... La memoria es el ejercicio de recopilar instantes, hechos, interrogantes, cuestiones inacabadas, e intentar armar un trabajo de patch-work con las memorias tangibles, la nacional, la bélica, la historia oficial, y con las huellas borradas, las memorias indígenas, las memorias campesinas, la memoria de la(s) violencia(s), la historia de las sombras. O como decía Jung, como si lo hubiera aprendido de los pueblos indígenas de este lado del mundo, “el pasado se enuncia hacia delante, no hay nada que construya más futuro que la memoria”.

Créditos de las fotografías:
1- Valentina Bonifacio, tomada de http://espaciocritica.org/?p=1089
2- Propia 

* El título de esta entrada y buena parte de la información para su redacción la he tomado de este número de la revista Acción http://www.cepag.org.py/upload/revistas/1695AccionAbril.pdf, dedicado a la lucha por la tierra y cuyo tema central fue Puerto Casado, así como de otras páginas que enlazo y que cito, igualmente, en los créditos de las fotografías.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Una historia del interior



Estos días he tenido que revisar mucha documentación en el trabajo. Supongo que esa parte ingrata es la que hace que –mientras escaneas y cotejas informes sobre el apoyo y seguimiento de asambleas de organizaciones comunitarias de agua- la mente divague y la vista se pierda siguiendo la caligrafía de las personas que los han escrito. A veces, hasta sientes el esfuerzo de quienes, sin apenas formación, han entregado su tiempo para garabatear unas letras que no dan cuenta, sin embargo, de una labor social impagable. Otras, te sorprende el esmero de unas líneas marcadas a lapicero para que los renglones no se tuerzan. Y casi te enternece ver separatas con hojas cuadriculadas de tamaño cuartilla, arrancadas de algún viejo cuaderno, y unas grandes letras rotuladas que marcan la categoría del documento: actas, estatutos, rendición de cuentas… En varios informes he visto su nombre y me he acordado de su historia.


R. es delgada; viste de forma sencilla y cómoda, como todo el mundo en el interior, pero nunca le falta algún detalle coqueto, un pañuelo de colores anudado a la cabeza para sujetar la larga melena o un par de tacos altos que estilizan su figura; se sienta con discreción y habla un dulce guaraní. Su apariencia envuelve esa suerte de fragilidad llena de determinación. Tiene cuatro hijos de un gañán que la aporreaba. Vino a uno de los talleres para ser promotora social: nuestra forma de trabajar es capacitar a gente del territorio sobre los diferentes aspectos del proyecto y que estas mismas personas, a su vez, formen –con la réplica de talleres cuyos contenidos consensúan, construyen y adaptan colectivamente- al resto de miembros de sus comunidades.

M. lleva el pelo corto, es fortachona, siempre viste pantalón y camisetas amplias; se sienta con las piernas abiertas y habla y gesticula con vehemencia; reconoce sin complejos que mea de pie. Y qué se puede esperar, si ella misma se siente un hombre atrapado en un cuerpo de mujer, que sublimar un aspecto y unas maneras ‘muy masculinas’. En el interior dicen que es hermafrodita. Por ser mujer, o por no serlo lo suficiente, o por ser mujer a su pesar, luchar contra ello y reafirmarse en otra identidad que quizá nadie sepa nombrar, un día la violaron. Por eso M. tiene un hijo. M. vino a uno de los talleres de electricidad.


R. y M. viven en la misma colonia. Probablemente se conocían de tiempo atrás pero intimaron trabajando juntas en el comité de mujeres. Un día R. dejó su casa y se fue a vivir con M. Lo que R. sentía con M. nunca lo había experimentado con su marido, me contó la compañera con la que un día R. se confió. Durante un tiempo no me pude sacar de la cabeza el valor que hace falta reunir para que dos mujeres –cada una a su manera y por caminos distintos- hayan emprendido un viaje así. En la zona todo el mundo conoce su historia. R. tenía que visitar con su moto a las comisiones directivas de juntas y comisiones de agua y verificar que estaban haciendo las cosas bien. "Una mujer, esa mujer, nos va a venir a cuestionar", debieron de pensar algunos líderes comunitarios. Imaginaos esta situación en una ciudad, luego llevadla al campo, y cuando lo hayáis hecho tratad de visualizar un entorno rural aislado en un país a una distancia abismal de cualquier idea de igualdad que tengáis.


Veo el nombre de R. en algunos informes, una cifra menor de la esperada, no se lo debieron de poner fácil para hacer su labor. Y mientras sigo archivando documentos me acuerdo de ellas. Me cuentan que ya no viven juntas. Tal vez R. llevaba muchos años aprendiendo sumisión. Acaso M. no supo cómo afirmarse (y defenderse) sin copiar los modos violentos de esa esfera varonil campesina en la que creció. Quizá R. se debió de preguntar un día cuál era la diferencia entre que la aporrease un hombre y que quien lo hiciese fuera una mujer. 


domingo, 29 de noviembre de 2015

150.000 guaraníes y una vaca



La real perversión del poder no es que nos reprime sino que nos hace creer que nos libera.
Michel Foucault


'ADN paraguayo', Ana Carina Aranda.
Un toque naif a la dramática y trágica historia de Paraguay.

Parece que el próximo 20 de diciembre España vivirá unas elecciones generales decisivas. Y una no sabe qué pensar, si todo lo que viene ocurriendo en los últimos años se diluirá con pactos entre las grandes fuerzas –cumpliéndose aquella vieja y triste máxima de “que todo cambie para que todo siga igual”- o asistiremos a un cambio de ciclo con la conformación de un parlamento fragmentado en diferentes partidos. A lo mejor tenemos que empezar a pensar en la política como arte y este podría ser un escenario para ensayar nuevas formas de hacer y de redefinir lo que pensamos que, lejos del rodillo, se basen en el diálogo entre posturas dispares, en un debate de ideas real y en la búsqueda del consenso para los grandes asuntos de Estado.

'Stroessner', Fidel Fernández.
Escultura sobre 'takuru', nido de termita,
mezcla de tierra y sus propias excrecencias.
El pasado 15 de noviembre acá se celebraron elecciones municipales. Una semana antes, cenando con una amiga y contándole mis ires y venires, me comentó que nos olvidásemos de organizar una actividad comunitaria programada para el sábado previo a la jornada electoral porque “en el interior ya estarán acarreando a la gente”. No era la primera vez que oía un comentario así y, aunque la persona de la que venía es más que de fiar, nunca sabes hasta qué punto una anécdota se ha convertido en categoría. Solo unos días después tuve ocasión de comprobar las toneladas de realidad que hay en algo que querías creer como un rumor. Esa semana también teníamos que visitar las comunidades indígenas con las que trabajamos y en una de ellas, al terminar nuestra reunión, el cacique tomó la palabra para explicar las pautas del día de las elecciones.

En un país con la población dispersa en centenares de colonias rurales, el Estado no facilita el acceso de la gente a los colegios electorales. ¿Para qué, si ya están ahí los ‘aparatos’ de los grandes partidos para hacerlo (a su manera…)? A partir de las siete de la mañana vendrían los colectivos de los partidos colorado y liberal para trasladarlos. Cada cual podría votar libremente por uno u otro: la cosa era muy ecuánime, se había pactado con ambos el pago de 150.000 guaraníes por voto y una vaca para la comunidad, total, dos vacas. Eso sí, como acá se vota por separado a intendente y al resto de la junta municipal, funciona mucho lo que llaman ‘voto cruzado’, es decir, elegir intendente de un partido y votar por la lista de concejales de otro. En este caso, el Frente Guasu era la lista sugerida porque llevaba un candidato indígena. La mayor objeción que alguien apuntó fue que “la vaca no fuese flaca”.

'Takurus', nidos de termitas. Su presencia es un síntoma de acidificación
del suelo, una consecuencia de la deforestación en zonas tropicales.

Pizarrón en una escuela de la colonia Araujo Kue.
Si en España acabar con una tradición bipartidista que nos viene de lejos ya es difícil, en Paraguay intentar hacerse un hueco, más que entre partidos entre identidades nacionales, es tarea titánica. El voto cruzado es el que ha dado la victoria en Asunción a Mario Ferreiro por la coalición ‘Juntos Podemos’. El intendente electo fue el candidato a las presidenciales de 2013 por el PMAS (Partido del Movimiento al Socialismo), en una campaña muy dura contra el Partido Liberal por haber asumido el poder tras el golpe parlamentario a Fernando Lugo. No son inescrutables los designios del Señor sino los de la política… En esta ocasión, para sacar a Arnaldo Samaniego (el candidato de la ANR, más popularmente, partido colorado) de la Municipalidad, hacía falta un pacto con los liberales y ni más ni menos. No lo tendrá fácil este comunicador (por hacer un símil, sería un equivalente en popularidad a Iñaki Gabilondo en España) para gobernar una Junta Municipal con mayoría colorada… Ni sé el margen que quedará en Latinoamérica tras el repunte neoliberal que anuncia el resultado de las elecciones argentinas del pasado domingo ni la tendencia que puede abrirse en toda la región si en Venezuela el chavismo pierde las elecciones legislativas el próximo 6 de diciembre.

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Mi último hallazgo literario se llama Josefina Plá. Esta canaria polifacética se afincó en Paraguay en los años 30. Leer sus cuentos es un ejercicio de empatía hacia las mujeres del campo, de la ciudad, hacia las criaditas…, un retrato de sus condiciones de vida mejor que cualquier manual de sociología. En la antología que me estoy leyendo también hay una serie de cuentos fantásticos. Y todavía estoy impresionada por uno titulado ‘El ladrillo’. Me ha recordado mucho a la ‘Casa tomada’, de Julio Cortázar, y buscando en internet he descubierto que ambos son del mismo año, 1946, así que, me queda la duda de quién pudo influir en quién. Si en este la represión viene de fuera y hace que la angustia anide en nuestro interior, aquel es una metáfora de la sumisión que llevamos dentro, de lo que cada cual aportamos –muchas veces, inconscientemente- a la construcción de la destrucción.

Incluso visto desde España –donde nos hemos despertado anteayer del sueño en que creíamos vivir en una democracia avanzada-, el nivel de prebendarismo que acá permea todas las instituciones y escalas de poder sonroja. No quiero dejar un poso negativo de la política paraguaya ni me atrevo a juzgarla, no la sigo día a día y creo que me faltan muchísimos elementos para comprenderla mínimamente. Sé que, como en todas partes, crecen espacios, experiencias y proyectos que te hacen pensar en quien resiste, que te invitan a creer, que te demuestran que hay gente que no quiere aportar su ‘ladrillo’…

Paraguay Pyahurã haciendo campaña en la terminal de ómnibus de Curuguaty
por el 'voto nulo': una protesta contra la corrupción de las instituciones y
el sistema político que ha conseguido unos resultados interesantes.
No apunté ni el título ni el nombre del artista...

Nota: las fotos corresponden a las obras que más me han gustado, de lo poco que he visto, de la Bienal Internacional de Asunción.


martes, 13 de octubre de 2015

Sobre la belleza


¿Y cuántas veces más contemplarás la luna llena? Y, sin embargo, todo parece ilimitado…
Paul Bowles, ‘El cielo protector’


A la puerta de mi casa hay un farolito que está siempre encendido. Cuando llego anocheciendo, un gecko suele estar merodeando a su alrededor, imagino que poniéndose las botas con los mosquitos atraídos por la luz. Al principio, cuando metía la llave en el cerrojo, el ruido chirriante de la cancela de hierro le asustaba y huía buscando refugio en algún hueco del tejado. Pero, últimamente, parece que se hubiera acostumbrado a mi presencia y con sus fríos ojos negros me observara paralizado, como diciendo “¡Ah, eres tú! Ya estás en casa.” Por más austera que sea, cuando regresas de los viajes al interior, cada pequeño detalle, cada comodidad asumida como normal, cobra un valor inusual: abrir la heladera, servirte un vaso de agua, ir al baño, darte una ducha…

Camino de Brítez Kue

Aspecto de una letrina convencional
En uno de los últimos viajes visitamos la colonia de Brítez Kue, en el distrito de Yvy Pytã que, por si sufres daltonismo, significa ‘tierra roja’. Desde Curuguaty hay que tomar la ruta 10 que lleva a Saltos del Guairá, la capital departamental, en la frontera con Brasil. No hay ninguna señal que marque el desvío, apenas un kilómetro después de pasar los últimos restos de un campamento –justo en el borde de un gran sojal propiedad de Blas Riquelme, el ‘supuesto’ dueño de las tierras en disputa- que sigue recordando hoy lo ocurrido hace tres años en Marina Kue. La camioneta no para de bambolearse sobre la carretera, intentando salvar los surcos y los enormes baches sobre el asfalto. Se dan solo en uno de los sentidos, como un reguero que marcara la salida de la soja: la policía caminera –coima mediante- hace la vista gorda para que los camiones que se extralimitan de peso puedan circular sin problemas hasta los principales puertos del país.

Alejadas de las viviendas, suelen ocultarse en los yuyales
Letrina mejorada: con inodoro, ducha y fregadero
Es curioso que un municipio como Curuguaty, al que llegó hace poco más de diez años la ruta asfaltada, sea hoy un enclave rural-global cuya economía dependa más de la cotización de las food commodities en la bolsa de Chicago que de la actividad local. Mientras vamos dejando atrás estancias ganaderas, extensiones de monocultivo y alguna mancha boscosa me acuerdo del trabajo que lleva realizando desde hace años un antropólogo canadiense (y tengo que tomar aire para resumirlo a partir de lo que me ha contado una amiga): investigar cómo los flujos globales de la soja inciden en las vidas cotidianas de la gente, desde que todo un sistema de infraestructuras se diseñe en función de intereses comerciales, pasando por la elaboración de supuestas normas de calidad que esconden el control burocrático y los muros que el poder ejerce, hasta hacer de “la pobreza un pecado de inferioridad, una forma de ser en que los individuos se vuelven incapaces de ejercer sus derechos.”

Letrina mejorada: fosa séptica y pozo ciego aunque no siempre, como
en este caso, funcionan...
Nuestro equipo de campo se está encargando de hacer las entrevistas en las comunidades y de georreferenciar los pozos individuales que se siguen utilizando, a la vez que toman nota del uso que la gente da a sus pozos una vez acometido el servicio de agua. Aprovechamos nuestra reunión de coordinación mensual para cruzar la distancia, física y social, que separa Asunción del interior del país. Después de dar el aviso por la radio comunitaria, Regina es una de las primeras mujeres que nos atiende. Como casi todas las mujeres del campo, aparenta muchos más años de los que tiene. Nos invita amablemente a tomar asiento en el porche de su casa. Una niña sentada con la cabeza apoyada en la mesa nos dedica esa clase de mirada que da la impresión de seguir concentrada en sí misma. Está a su cuidado porque su madre está en prisión. De repente, se ha colado en la entrevista –como en otras que le seguirán- un tema que no está previsto y te invade una intensa sensación de futilidad sobre las preguntas que le tenemos que formular. Y entonces ves las huellas de la fatiga, las arrugas del sufrimiento y caes en la cuenta de la increíble capacidad que tienen algunos seres humanos para mantenerse enteros.

Que tu lote tenga servicio de agua no significa que dispongas de
agua corriente en tu vivienda
La colonia forma parte del área de influencia de la Reserva de Mbaracayú, que estos días está siendo revisada al milímetro para garantizar la seguridad de la Embajadora de Estados Unidos. Su visita se enmarca en la firma de un convenio entre USAID y WWF –y que incluye en su alianza a la fundación que gestiona la reserva, Wildlife Conservation Society y Syngenta, entre otras- para promover la conservación del Bosque Atlántico con prácticas agropecuarias sostenibles, ‘con especial énfasis en la soja y la producción de carne’. Lees esto y no puedes dejar de acordarte de una escena que Doris Lessing narra en ‘El cuaderno dorado’: en medio de una fiesta entre hombres de negocios, le parece hasta oír cómo dicen que no se creen nada, que ya saben que lo que hacen está mal pero que les da igual. Y, mientras contempla sus rostros con un punto de miedo, siente que regresa a “su fase más primitiva de comunismo, cuando una cree que hay que matar a todos esos hijos de puta…”

Pozo en desuso y depósito de agua conectado a red de abastecimiento

Pozo en activo
Desde que lo leí por primera vez, vuelvo a él de vez en cuando. Creo que cumple aquello que alguien dijo de la buena literatura, que debe reconfortar a las almas desasosegadas e inquietar a quienes se sientan cómodos. Cuando regreso a Asunción la humanidad parece haber enloquecido por un eclipse lunar que no se repetirá en años. Salgo a la terraza y coincido con mi vecina Gabriela, una joven paraguaya separada que vive con su hijo Ulises. Me dice que le resulta agradable charlar conmigo porque sabe que la conversación no girará en torno a temas de crianza. Y, siendo periodista, me pone al día de esa sacudida hacia adelante, de esa pequeña victoria que, a veces, en un lugar del mundo hace a la gente tener fe en que las cosas puedan cambiarse. Nos bebemos media botella de vino sentadas en la escalera, arreglando el país y mirando de vez en cuando al cielo, algo decepcionadas porque en ningún momento llegamos a ver el color rojizo de la luna. Hay breves instantes de conexión entre lo vasto y lo diminuto de nuestra existencia que, aun con la certeza de que el mundo es un lugar horrible, te hacen amar intensamente la vida.


Saliendo de Brítez Kue, al fondo, la Reserva de Mbaracayú

miércoles, 19 de agosto de 2015

Memorias


Tal vez esa tempestuosa y recóndita apetencia del corazón humano sea más infinita que la esperanza.
Tal vez el amor sea más largo que el tiempo.
Juan Manuel Marcos, ‘El invierno de Gunter’.


Hay días que se te llenan de memoria. Hoy es el cumpleaños de mi hermano. Nació una calurosa tarde de agosto, treintaicinco años después de la madrugada –Cómo canta la zumaya…- en que fusilaron a Federico García Lorca. Pareciera que nunca va a estar todo dicho sobre su vida y su muerte. Mi madre estaba sola en la cocina de la casa de mis abuelos cuando vio venir el parto, una cocina que seguro agrandan mis recuerdos. No puede ser de otra manera para que en ella, como en tantas otras cocinas, quepan todas las memorias que guardan. Treintaicinco años antes de que naciera mi hermano, en otra calurosa tarde de agosto, un camión de falangistas fue cargando –al compás de los cordeles que entregaba el cura Bibiano para atarles las manos a la espalda- a los rojos de un pueblo de Castilla con nombre de rey godo. A los jóvenes solteros les devolvieron al día siguiente, con las caras y los cuerpos reventados de la golpiza. Uno de ellos era mi abuelo Teodoro, que por entonces tenía dieciocho años. De los padres de familia nunca más se supo –…¡ay, cómo canta en el árbol!-, once hombres cuyas memorias se pierden en Torozos, esos montes bajos que abrigan algo de lo que soy, ese navío con vaho de muerte desde aquellas madrugadas.

En aquel camión iba mi bisabuelo Antonio. De nada sirvió que su hermano Gerardo, el alcalde socialista del pueblo, se entregara a las autoridades golpistas a cambio de que liberasen a sus compañeros. A él se lo llevaron a ‘Cocheras’ y fue fusilado apenas un mes después extramuros del cementerio del Carmen. La tía Quirina, otra hermana que había regresado de París con la euforia de las elecciones municipales, pasó cinco años en el penal de mujeres de Burgos, por afrancesada, moral libertina y, de paso, por seguir colgando la bandera republicana del balcón después del 18 de julio. Mi tía Maxi, la hermana de mi abuelo, tenía doce años cuando todo esto ocurrió. Siendo aún moza se marchó a Barcelona, para no cruzarse con los asesinos de su padre y, encima, tener que escucharles aquello de que “hay que arrancar estas malas hierbas rojas”. A sus 91 años es la única memoria viva de aquellos hechos en mi familia. Es imposible llevar la cuenta de las veces que ella y mi abuelo nos contaron, nos revivieron, nos lloraron –sabiéndose amurallados en su interior-, aquel duelo siempre inconcluso.

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Me acabo de leer ‘El invierno de Gunter’. Os lo podría resumir como la toma de conciencia de un mequetrefe integral. Lo malo, como decía Woody Allen de la Biblia, es que el personaje central resulta poco creíble. Lo bueno, es que los dos metros desgarbados de ese paraguayo de origen alemán sirven de perchero para colgar las otras, las verdaderas historias del libro. En realidad, más que una novela, es un artefacto de ficción, una de esas metanovelas que juegan con voces, registros y géneros para disfrute de quien lee. Está ambientada en una Corrientes (Argentina) que en realidad es el trasunto de la Asunción (Paraguay) que el autor vivió, sufrió y de la que tuvo que exiliarse en la última etapa de la dictadura estronista. Dos adolescentes son detenidas por zurdas y lesbianas. A Soledad, entre violaciones y picana (si alguien no conoce los métodos de las dictaduras del cono Sur le puede echar tiempo y estómago a esta película), aún le da el cuero para escribirle poemas de amor a Verónica. A esta, sin cortarse tampoco en las torturas, la machacan moralmente contándole las barbaridades a que someten y el derrumbamiento de aquella. Pero es mucho más que una terrible y sensual historia de amor: con tinte autobiográfico, a ratos trama policíaca, homenajes explícitos a Roa Bastos y otros grandes de la literatura, una reivindicación de los mitos guaraníes…, los poemas de Soledad van hilando la memoria política, social y cultural de este país pero haciendo un ejercicio de universalización, conectándolo con los cambios que sufre el mundo en esa década trágica en que el neoliberalismo y la globalización empezaron a imponerse como doctrinas.

La temida 'caperucita roja' de la portada es todo un
símbolo de la dictadura estronista: las Chevrolet de color rojo
que patrullaban las calles asuncenas sembrando el terror
con sus rondas de noche en busca de comunistas.

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Hay otro tipo de memoria. El ADN mitocondrial es el material genético contenido en las mitocondrias, las factorías energéticas de nuestras células. Tiene algunas particularidades que lo hacen especialmente útil para la investigación, entre ellas, que solo lo heredamos por vía materna. Vamos, que lleva viajando con cualquiera que ahora esté leyendo esto desde hace unos 150.000 años y nos conectaría a todos, toditas, con esa supuesta ‘Eva’, la antecesora común más reciente de nuestra especie. Desde su descubrimiento, se han podido establecer líneas genéticas directas y elaborar así una especie de árbol genealógico de la humanidad. Además, los cambios en las secuencias genómicas sirven para ver las diferencias evolutivas entre poblaciones e inferir los momentos en que algún grupo de antepasados se cansó del lugar o de lo que estaba haciendo y le dio por explorar nuevos territorios. Pero más recientemente, también se está empleando en medicina forense para la identificación de cadáveres cuyos restos estén muy deteriorados.

Intervención del proyecto ADN Mitocondrial. Foto: CCEJS.
De la mezcla de ciencia, arte y política ha surgido un proyecto que lleva por título, precisamente, ADN Mitocondrial. Este proyecto ha ganado la iniciativa Invernadero, del Centro Cultural de España Juan de Salazar, un intenso mes de formación y experimentación en torno a la idea de ‘Estado’. Uno de sus artífices es Alfredo Quiroz, artista plástico y médico forense que colabora con la Dirección de Reparación y Memoria Histórica, encabezada por Rogelio Goiburú, dependiente de la Dirección General de Derechos Humanos, del Viceministerio de Justicia y Derechos Humanos, en la búsqueda de las víctimas de la dictadura estronista. El propio Goiburú es hijo de uno de esos desaparecidos: también médico, se puso en el punto de mira de las autoridades cuando trabajaba en el Hospital Policlínico y se negó a firmar como defunciones naturales las muertes por torturas. En Paraguay, pese a no aplicarse ninguna ley de amnistía, apenas se ha juzgado a un puñado de torturadores. La Comisión de Justicia y Verdad ha constatado 425 ejecuciones sumarias entre las más de 20.000 personas presas políticas. El premio de la convocatoria es una residencia de dos semanas en un centro de arte español, donde el proyecto será expuesto y presentado al público.

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“Saber que España es después de Camboya el país con más muertos en las cunetas debería hacernos pensar”. La frase es del escritor Julio Llamazares, que algo sabe de nostalgia y de memorias enterradas…